Para convertir los ya casi 160 días de cuarentena en “recogimiento domiciliario” y pasar del estrés a un proceso personal de crecimiento y autoconocimiento, necesitamos darle su espacio a toda la constelación de emociones a medida que surgen. Reconociéndolas en nosotras, nosotros, las podremos manejar, en lugar de que ellas nos manejen a su antojo; esto es fundamental para el espacio personal y familiar, y es especialmente crítico en el ámbito colectivo.

La suspensión violenta de casi todas nuestras relaciones interpersonales es una ruptura de relacionamiento que ha tenido una primera fase de hipocondría generalizada debida al miedo (pánico) de la muerte y a la incertidumbre de cómo evitarla. Durante esta fase, no pocas/pocos sufrimos síntomas –más imaginados que reales- de COVID 19.

A este momento, frecuentemente le acompañó un sentimiento paralelo de desamparo individual, a la vez que de empatía: comprendimos que esta situación puso en extrema vulnerabilidad a otros seres en estado de abandono (tercera edad, personas vulnerables sin hogar, inmigrantes). Comprendimos que, en condiciones normales, las escasas oportunidades económicas y educativas de estos grupos los exponen a la soledad individual y, en algunos casos, al aislamiento obligado o a la miseria, y en esta crisis pandémica, a una muerte inminente. Este sentimiento pone nuestro foco de atención en la protección y su origen está en el instinto gregario.

Mientras, quienes nos encontramos todavía presas del pánico, del miedo o de la ansiedad, percibimos casi todo lo que nos rodea como riesgo o peligro, y reaccionamos con aversión, ira, recriminación y culpa. Intentamos blindarnos, ponernos a buen recaudo, y alejarnos de las amenazas… entre las cuales, la mayor no es el virus, sino nuestros semejantes. Este sentir está enfocado en la defensa, y su origen, en el instinto de supervivencia individual.

Antídotos contra el estrés 1 – ámbito colectivo

El miedo ha calado profundamente en la psique colectiva, y sus efectos se esparcen con mucha más velocidad que el virus, con efectos casi tan letales como los de la propia pandemia. Nos urge descubrir y desarrollar antídotos psíquicos para contrarrestar el pánico colectivo instalado. Para ello, necesitamos pasar del foco de la defensa al de la protección mutua, aliarnos con lo desconocido – o la incertidumbre-y neutralizar así el miedo.
Necesitamos declararnos en una minga para aliviar colectivamente el estrés social para aprovechar la oportunidad de cambio y crecimiento que esta pandemia nos ofrece.

a. Hacer las paces con el miedo

¡Qué tarea! El miedo es nuestro recurso de defensa ante algo que nos amenaza, especialmente en la niñez, cuando necesitamos aprender los límites de nuestro espacio de seguridad… en la adultez, sin embargo, ese mismo espacio se convierte en “zona de confort”: lo conocido y fácil, lo que ya está resuelto porque ya sabemos de memoria su fórmula de solución. Cuando sentimos vulnerada nuestra comodidad emocional, el miedo aparece.
¿El corazón se acelera, sudan las manos, duele el estómago, tiembla el cuerpo? ¡Bien, vamos por buen camino! Es nuestra resistencia a cruzar algún límite.

Hacer las paces con el miedo significa ponernos de acuerdo con él en cuanto aparece. Preguntarnos, o preguntarle: ¿cuándo aprendimos este miedo? ¿para qué me sirvió antes, para qué me sirve? ¿cuál es el límite que nos está señalando? ¿cuento o no cuento con los recursos para traspasar el límite? ¿qué me hace falta?

Responder nos puede resultar cuesta arriba, si acostumbramos ocultarnos de nosotros/nosotras mismos/as. Precisamos de una honestidad a toda prueba, para aceptar íntimamente aquello en nuestro paisaje interno que nos duele, culpa o avergüenza.
Ahora, hacemos acopio de las respuestas más honestas, sean cuales sean. Nos situamos al borde de nuestro límite, de pie frente a ese profundo abismo, damos un paso más… ¡y saltamos al vacío! Volar, planear, caída libre… Toma unos segundos, pero rebasamos el límite para siempre.

b. Detener las palabras de “culpa” y “odio” / Hacer silencio

Cada vez que pronunciemos o escribamos palabras o frases que insultan, juzgan, humillan, menosprecian… demos marcha atrás.
Podemos hacerlo, manteniéndonos atentas y atentos al momento preciso en que las emociones que surgen durante toda interacción con los demás se toman nuestro cuerpo.

Es fácil darnos cuenta: el calor en el pecho, en toda la cara, el nudo en la garganta, o cómo se eriza la cabellera empezando por la nuca. Justo ese es el momento para detenernos y hacer silencio.

El silencio, en esta situación, es la mitad del éxito. Pero falta la otra mitad: mientras nos detenemos, le damos permiso a nuestras emociones -rabia, impotencia, dolor, miedo… todo lo que surja- para que se paseen libres por nuestro cuerpo. ¡Claro que sí! Reconocerlas y que nos atraviesen durante el tiempo que lo necesiten nos libera de ellas, pues están, también, libres. Lo único que evitamos es contagiarlas, comunicarlas a alguien más a través de la palabra o del gesto (en caso de una interacción cara a cara). El verdadero éxito es que, así, aportamos a una interacción limpia y sana.
Suena exagerado, pero cuando emitimos una palabra, a ella le acompaña una emoción o un pensamiento, o ambos. Entonces, sin reprimir nada de ello, solamente hace falta ese pequeño detalle: silencio.

c. Desactivar estresores sociales / activar la sabiduría

Las discusiones en redes y en los medios tradicionales de comunicación giran en torno a la histeria colectiva y la alimentan: estado de las crisis sanitaria, económica y de gobernabilidad, las cifras y tasas de mortalidad y contagios, las decisiones erráticas y hasta esquizoides del COE nacional, las tasas de desempleo abierto, encubierto, empleo no adecuado, cobros indebidos de entidades bancarias, incremento de costos en bienes y servicios…

En lugar de seguir intoxicándonos, seamos sabios: optemos por alimentarnos de información productiva. Este es el antídoto por excelencia (en especial si el miedo se origina en un “me falta saber o entender”).

Por ejemplo: ¿Cómo llegar a casa y evitar contaminar mi entorno si estoy obligado u obligada a salir? ¿cuántos días, realmente, demora el virus en activar la enfermedad? ¿soy o no parte de los grupos más vulnerables? ¿hay alguien de un grupo vulnerable dentro de casa? ¿cómo proteger de mí, que debo salir, a esa persona más vulnerable? ¿cómo invento un método para volver a abrazar a mis seres queridos? ¿estoy alimentando con suficiente afecto físico a las niñas y niños bajo mi cuidado? ¿cómo protejo a niñas y niños de la carencia afectiva que ha traído esta pandemia? ¿es recomendable mantener la distancia física dentro de casa, con quienes comparto la convivencia? ¿cómo convertirme en una persona confiable, para que los demás sepan que pueden abrazarme? Esa es información edificante que alimenta la confianza y seguridad en nosotros/nosotras mismas y en quienes nos rodean.

Indagar y consultar con fuentes confiables o expertas nos facilita la comprensión de la situación actual y disipa el miedo. Y, de paso, el odio. Ambos se crean con crónica roja y, ahora, los mismos medios de comunicación han encontrado en el coronavirus un excelente modo de convertirnos en enemigos entre nosotros/nosotras. Así, disuelven el vínculo que nos nutre como seres humanos. Mejor apaguemos los noticieros y encendamos la sabiduría.

d. Reinventar nuestro sentido de pertenencia

Somos porque existimos en comunidad. Tanto nuestra identidad como nuestros mismos miedos existen en nuestra psique porque nos pertenecemos a un grupo: no la familia, sino la comunidad que nos comparte el idioma, las costumbres, la forma de ver la vida y de habitar el planeta, que son nuestros más fuertes vínculos con la porción de humanidad que nos acoge.

Hace rato habíamos dejado de sentir esa pertenencia. Nuestra sensación de abandono, de desamparo y de angustia viene de mucho atrás, de la rutina que se rompió y que nos agrietó el sentido de comunidad. Gracias a la pandemia, esa grieta ha dejado de crecer… ¡ahora tenemos la oportunidad de cerrarla!

Primero, alcancemos el silencio (ver literal b), para que las emociones liberen su energía en nuestro cuerpo y quede a nuestra disposición para canalizar toda esa potencia hacia acciones productivas. Así:

¿Te enoja que los vecinos no usen mascarilla? Usa la energía del enojo para crear mensajes de cómo usarla correctamente, sin culpar ni juzgar a nadie; conviértete en el experto que guía con el ejemplo. ¿Te parece que el gobierno adolece de ineptitud o mala fe? Infórmate sobre las políticas que pueden resolver estas dos crisis que ha causado, posiciónate políticamente sin temor, y opina con argumentos de peso, sin insultos ni frases gastadas.

¿Sientes ganas de matar porque perdiste el empleo (y odias que otros sí lo tengan)? Llora de rabia e indignación sin vergüenza sola/solo o con alguien que aprecies; después, date permiso para descansar, aunque sea un solo día, como si fueran vacaciones. ¿Suena ridículo? No importa, hazlo. La mente fresca encuentra soluciones con mucho más eficiencia.

Cuando convirtamos en hábito el transformar la energía emocional en acciones productivas de aporte colectivo, habremos reinventado nuestro sentido de pertenencia. Creámoslo o no, habremos cambiado el mundo o, por lo menos, el rincón de mundo en el que nos tocó habitar.

e. Los verdaderos antídotos

En el ámbito colectivo, cuando todo lo anterior falle, siempre podemos acudir a la comprensión, la compasión, la solidaridad, la generosidad y el amor incondicional como antídotos para el estrés social, y para nuestro crecimiento personal. Todas ellas son capacidades connaturales a nuestro ser, que suelen estar muy despiertas para nuestros seres más amados; el truco está en expandir su radio de acción hacia vecinas, vecinos, colegas, amigas y amigos, gente conocida o desconocida, cercana o lejana… es sano, inclusive, enviar sinceros deseos de bienestar a quienes consideramos enemigas/enemigos, porque así, antes que contaminarlo, nutrimos nuestro espíritu, nuestro entorno y el planeta entero.  (O)

Por: Karina Palacios Guevara, psicoterapeuta, comunicadora, poeta.